El antropólogo y las vacaciones
Vacaciones en el litoral. En la orilla, el sonido suave de una ola lejana que viene reventando hasta morir: el frescor efervescente del agua que se escabulle por entre la arena hacia las profundidades. Sol y viento en la cara. Un profundo desasosiego del que no sabe descansar. Tanto que hacer, tanto que leer, que pensar, que publicar. Tanta deuda… tanto tiempo perdido… y me pierdo ahora lo más bello, lo más simple. ¡Splash! Palabra ridícula, onomatopeya de tira cómica, Batman y Robin me acompañan en mi absurda ausencia. Soy un extranjero en mi propia familia.
Es que el antropólogo nunca está de vacaciones. Es cierto, siempre y cuando entendamos por antropólogo no una profesión sino un modo de ser en el mundo, el modo propio del Ser. Porque el antropólogo al que me refiero es también un filósofo que no quiere abandonar lo concreto, lo etnográfico, para pensar el mundo en el mundo. Pero ese no es hoy mi caso. Completamente desapropiado veo a mi mujer, perfecta, gigante, hermosa, sentada abrazando sus rodillas, absorta en un mundo cercano; y a mi hijo, lo más bello, corriendo, jugando, enseñándome que no se necesita más que la orilla del mar para ser feliz. Los veo y me admiro. Lo veo a él gozando la fuerza de la marea en sus piernas, arrancando con un terror que mata de la risa, gozando las aves marinas suspendidas en su cielo, las pulguitas que se escabullen por el fondo de sus tremendas piscinas, a sus nuevos amiguitos pequeños, livianos, saltarines. Él es como la espuma hirviente, viva, llena de vacío. En el mar todo es vacío. Por él todo se mueve, crea mediante el desequilibrio. Del vacío viene todo, toda la vida viene de la nada. Como la risa que llena esos espacios que no pueden ser llenados, uniéndonos con los demás a partir de ese misterio que pocos se atreven a develar. Una vez que nos hemos reído con alguien alcanzamos un nivel de intimidad difícil de olvidar. Mi hijo ríe y ríe, y nos hace reír. La risa me despierta, como la campana para el recreo: finalmente me entrego al ocio.
Se puede estar de vacaciones sin estar de vacaciones, como se puede trabajar sin trabajar (y viceversa). Se puede estar vivo sin vivir, sin Ser plenamente. ¿Seremos nosotros, mi mujer, mi hijo y yo, los únicos vivos en esta playa?
El antropólogo no puede salir de vacaciones, decíamos, porque en estricto rigor no trabaja. Si lo hace ha perdido el sentido, se ha desapropiado, ha caído. A pesar de estar institucionalizado (esperemos que tenga trabajo estable y bien remunerado), el antropólogo del que hablo no produce: piensa, crea. Es hiperbóreo, un valiente y bello desalmado que sólo cree en su espíritu. A estas alturas ya está claro de que estamos hablando de una utopía (de una locura como la de Nietzsche). Obvio, es la única forma de vivir en vacaciones y de sentirse siempre como a la orilla del mar.
La orilla del mar es especialmente bella bajo la lluvia.
El mar es poderoso, es incontrolable. A veces se enfucere, entra en guerra, se encrispa, avanza, se infla y se alza, destruye. Siempre me ha producido un embrujo, un poder de atracción misterioso, un efecto hipnótico. Con él vienen los recuerdos infantiles más queridos: las caminatas junto a mi padre y su caña de pescar. Las marcas profundas de sus pies en la arena negra. Pero también recuerdo la angustia que me provocaba el hecho irrefutable de que la orilla del mar es indomable. Crecí en una playa habitada por ruinas, por huellas de maremotos y terremotos imaginarios (los más reales). La fuerza de las olas y su furia blanca siempre triunfaban sobre los artificios de la técnica que intentaban civilizarla, con sus formas geométricas, sus medidas, sus obras. Entonces era un niño y me angustiaba. Pero ese caos es donde acontece la vida. Nunca hablé con mi padre de ello, era un hecho tan rotundo que no merecía comentario (hoy me gustaría saber qué tendría que decir). Y sin embargo ese era el suelo que habitábamos y que recorríamos, ese era el lugar de nuestra felicidad masculina, de ahí venían los peces que alegraban nuestras fiestas.
Viento, lluvia, luego sol, rocas, arena negra y mojada, una bandada de pájaros que corre avanzando y retrocediendo como jugando con la marea, picoteando aquí y allá, moviendo las patas ridículamente rápido; cochayuyos, conchas, piedras, el reflejo del sol que deja todo en blanco y negro, la risa de los pelícanos, la de mi hijo cuando me llama que es la mía junto a la de mi padre. Con la nostalgia y por entre ella se asoma el espíritu de esa risa como el rugido de las olas, los hijos del vacío que viven una fiesta permanente.



El mar, la mar… somos como ella impredecibles…
días nublados, el mar a un costado, a mis espaldas, en mis pies y en la mente se tejen mil pensamientos que el mar reconoce… gran bestia o animal que respira nuestros pensamientos y trayéndonos remembranzas, nostalgias… nos precipita a la vertiginosa sensación de su inmensidad, y pequeña, me quedo junto a mi padre quien me hace volar cada vez que una ola se avecina a nuestros cuerpos… y me quedo pequeña ¡alegre, alegre!…
gracias… yo tambien siento esa nausea de no saber donde se esta…